Sipnosis
Memento Mori
Tras el festival

Fue un mes de locura, el que transcurrió luego del Festival de Invierno, luego de los cepelios de las víctimas, el poder quedó en las manos del Gobernador, Everett Goodweatherm tendría el control total sobre la ciudad, pero Azuka había logrado parte de su objetivo: Los rumores de que el gobierno de Washington ya no estaba tan convencido de compartir el poder con los vampiros; la situación se estaba saliendo de manos, y los cainitas y garras rojas parecían estar ganando la partida. Pero ninguno de los artífices de la destrucción, pensaron que los berkeser se volverían un problema para todos, porque los vampiros que no fueron asesinado por ellos, se transformaron en berkeser, que se han transformado en una manada que deambula por las alcantarillas atacando a quien se les enfrente o quien esté en su menú del día.

Humanos y Vampiros ya no tenían una alianza tan sólida como antes, y las desconfianzas estaban surgiendo.

Mientras que en medio quedaban los licanos, o por lo menos, parte de ellos, Fenrir y Fianna, pero quien padeció la peor parte fueron los Fenrir que en el atentado perdieron a su líder, del que jamás encontraron el cuerpo. Quedaría en manos del nuevo líder de los Fenrir y de Gissiel Earhart, determinar el destino de su clan y tradiciones, pero entre los licanos, se sabía la atrocidad cometida por las Garras Rojas, comandados por Arthur Redclaw, que se habían vuelto muy fuertes.

Por su parte, los rebeldes, el pequeño grupo de disidentes ya no parecían estar tan solos en su lucha, el gobierno de Washington los contactaría extra oficialmente para conseguir sus fines: controlar la ciudad, de una o de otra manera. Etienne LeBlanc, tendría que decidir..

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El soneto de la muerte [Privado]

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El soneto de la muerte [Privado]

Mensaje por Invitado el Dom Oct 21, 2012 4:13 pm

Fecha: 17 de marzo del año 2014.
Hora: 4:45 pm
Ubicación: Fuerte de Nueva York – Ciudadela Humana.

-… A pesar de que la oscuridad invade cada célula de nuestro mundo, la humanidad insiste en apegarse a las costumbres de antaño, que nos definieron como la creación mas sublime de un Dios amnésico y desatento... Incluso desde las llamas del infierno, podemos admirar la belleza, sonreír aunque nos invada la tristeza, amar, bailar, llorar, y volar muy lejos, aunque nuestros pies estén fijos sobre el suelo… Somos humanos; Imperfectos, inocentes, impetuosos… Pero somos la luz, que ilumina el universo… Somos el corazón de este mundo… El último pilar que resiste en el fondo del océano… A lo largo de la historia, billones de personas han demostrado su entereza milenaria y lucharon por sobrevivir en medio del caos… Esto no es distinto a nada de lo que hemos resistido en el pasado… Tan solo debemos recordar lo que fuimos, para posar la vista en el futuro y continuar subsistiendo… Sobreviviendo… Dejando nuestra huella en el camino… Ni siquiera Manmon y sus demonios, podrán borrar lo que siempre hemos sido…-

Como cada tarde, Anastasia se encontraba en el Conservatorio Juilliard, tratando de liberarse de la rutina que consumía su entera humanidad y descansando de la batallaba constante, contra las voces de sus propios demonios fantasmales. Aquel era el último pilar de la humanidad, que había resistido al embate infernal y conservaba los tesoros artísticos, que muchos solían explotar con enorme gracilidad y suculenta potencialidad. Era inevitable no ser conmovido por el aura serena que invadía el lugar y las melodías que danzaban en el ambiente, recreando sueños efímeros y despertando sensaciones que habían desaparecido durante la eternidad.

El Conservatorio continuaba siendo una obra de arte, tal y como fue en un glorioso pasado no tan lejano para los residentes de Nueva York; El suelo era de mármol pulido con tonos dorados y granates… Sus paredes estaban tintadas de blanco luna, con lienzos artísticos colgados entre los paneles… El techo cóncavo se alzaba a más de tres metros de altura, hacia los cielos grises de la alborada taciturna… Sus titánicos ventanales de coloridos vitrales, que dibujaban arcoíris pasajeros cuando el tímido sol acariciaba los cristales... Pero lo más relevante de aquel maravillo templo creado por el hombre, eran los sonidos vibrantes y cada acorde de los instrumentos presentes.

No fue mucho lo que pudieron recuperar en medio del desastre, sin embargo, con la colaboración de los amantes del arte, la abadía de los sueños rotos sobrevivió al caos imperante.

A las cinco en punto de la tarde, un quinteto de campanas estalló desde el corazón del antiquísimo reloj de pared, mientras que el sonido barítono del piano resonaba por doquier y las aprendices animosas trastabillaban algunos pasos de ballet. Como cada día, Anastasia se encontraba en uno de los palcos más altos del Conservatorio que estaba libre de las miradas de los curiosos, entretanto garabateaba algunas notas sobre un pedazo de papel y paladeaba la música que vibraba dentro de su ser. Su única compañía, consistía en un cabo de vela encendida, un cello de color caoba oscura y las partituras de su anónima autoría.

Aquella tarde, la damisela silenciosa llevaba puesto un sobrio vestido de seda purpura sin mangas, que se ajustaba delicadamente a su cintura y caía libremente sobre sus rodillas. Su cabello de ébano estaba recogido en una trenza, con algunos mechones enroscados que acariciaban suavemente su quijada y danzaban por sus hombros desprovistos de tela. Los ojos azulados de la fémina recorrieron la sala con presteza, notando que algunos desconocidos ocupaban las gradas concentrados en una lectura silenciosa o charlando amenamente con algún compañero de velada.

Anastasia dejó las partituras desordenadas sobre el atril de madera, mientras se acomodaba sobre la silla victoriana y separaba sus esbeltas piernas, para recibir a su amante consagrado, que avivaría su alma con la única melodía que necesitaba. Tomó el arco entre sus dedos cincelados, posicionándolo en horizontal sobre las cuerdas del instrumento y rasgando la primera nota, que la condujo directamente hacia un universo paralelo.


Mientras la suculenta melodía invadía los alrededores, cada alma presente alzó la vista hacia los palcos y sonrieron conmovidos por las notas armoniosas. Las manos de la fémina acariciaron el cello con suma maestría, entonando cada acorde con la gracilidad de una ninfa, que engatusaba al público con su mística cítara. Al finalizar, la dama curvó sus labios con una levísima sonrisa, con un sentimiento instalado en su pecho que se parecía a la nostalgia y la melancolía. «¿Qué demonios le sucedía? Debería estar contenta… satisfecha… orgullosa…» Sin embargo, cuando sus demonios internos se despedían, volvía a sentirse tan sola y desvalida, como cuando perdió a su familia.

Anastasia tragó con dificultad, con la mirada perdida en algún punto de la oscuridad, mientras escuchaba los aplausos lejanos del populacho y los vítores a la sinfonía de la perpetuidad. En menos de lo que dura un parpadeo, dejó el arco sobre el stand y se levantó de su sitial, que prontamente conquistó el cello en su lugar y las sombras de danzaban a la media luz de la lucerna.

-¿Qué sucede, Ana? ¿Por qué has dejado de tocar?- Desde la oscuridad, una voz fantasmal irrumpió en el silencio del palco principal, dejando entrever al etéreo portador, que se mantenía sentado sobre el suelo, junto a las cortinas escarlatas del umbral. La voz era suave, melodiosa y sumamente sensual, sin embargo, aquella aparición era un poderoso espíritu vagante, que se rehusaba a abandonar el plano mortal e insistía en seguirla hasta ese lugar.

-No sucede nada, Charles…- Anastasia musitó con una sonrisa cordial, entretanto se giraba con gracilidad y posaba sus ojos azulados, en la figura masculina del portal. –Estaba recordando la premonición… Es todo…- La fémina escuchó como el caballero soltó un pesado suspiro y se levantó del suelo, mientras que su rostro permanecía severo y lentamente se acercaba hacia la luz.

-Nadie te matará…- Los pasos pesados del caballero fantasmal resonaron sobre el desgastado alfombrado del lugar, mientras este se posicionaba tras la dubitativa mortal y se inclinaba para susurrarle al oído, un mensaje tan hermoso como letal. –Juro que no permitiré que nadie te toque, Ana… No permitiré que te dañen jamás… -

Anastasia sonrió con ironía ante aquella promesa vacía de su guardián fantasmal. De todas las cosas extrañas que había experimentado a lo largo de su vida, aquello era lo más retorcido que hubiese visto jamás. «¿Acaso un muerto puede enamorarse de una simple mortal?» La muerte y la vida estaban separadas por una brecha demasiado estrecha, sin embargo, las uniones de ese tipo eran antinaturales, sobretodo, cuando no eran correspondidas…

-No deseo ser salvada, Charles…- La humana respondió con dulzura y una sonrisa delicada asomándose sobre sus labios carmines. –Según mi visión, cuando la luna acaricie el horizonte, los inmortales cruzaran la muralla y vendrán a buscarme…- Anastasia hizo una breve pausa, mientras relamía sus labios y entornaba su mirada en los ojos negros de su etéreo acompañante, quien fruncía el ceño de modo severo y apretaba la mandíbula casi con un gesto colérico. –No espero que lo entiendas, pero… En mis sueños lograba reunirme con mi hermano… Y para mí, eso vale más que cualquier cosa en este universo…- La dama tragó con dificultad, mientras alargaba su brazo hacia la silla y alcanzaba su chal de lana purpurea. –Se me hace tarde… Debo marcharme…- La fémina comenzó a retroceder en dirección hacia el portal, hasta que una fuerza extraña la atrajo hacia atrás y un escalofrío intenso recorrió su columna vertebral.

-¡No!- Exclamó el fantasma con todas sus fuerzas, aunque solo ella pudiese oírlo, causando que la pequeña vela de la mesa auxiliar se apagase de inmediato y dejase una humarada grisácea que serpenteaba en medio del espacio negro. -¡No irás a ninguna parte! ¡Te quedarás aquí como he dicho! ¡Te dije que nadie iba a dañarte! ¡Nadie va a matarte!- Charles sujetó fuertemente a la mujer del brazo, quien forcejeaba contra su agarre e imploraba desesperadamente por el auxilio de otro humano. –Pero si muerte es lo que quieres, entonces alégrate, porque estarás conmigo en este plano intemporal…- Una sonrisa siniestra curvó los labios del caballero fantasmal, quien tomó el arco del cello y golpeó justo en la nuca a su compañera mortal.

Anastasia forcejeó con todas sus fuerzas contra la sujeción de Charles, gritó por ayuda, aunque estaba lejos de la salvación en medio de la música y las voces de los humanos en el piso inferior. Un golpe seco en la base del cuello, bastó para desvanecer su consciencia y sumir a su cuerpo a la resignación. Su silueta adornó el alfombrado del palco superior, mientras el paisaje se tornaba negro y sus ojos se cerraron para dar paso a una nueva ensoñación… O probablemente, a una pesadilla que duraría toda la eternidad…

Cuando la medianoche hizo su entrada en el plano terrenal, las campanas del reloj resonaron con fuerza e impactaron la audición de la inconsciente mujer. Anastasia despertó y abrió sus ojos con celeridad, sintiendo como su cabeza palpitaba y daba vueltas sin parar. «¿Qué ha sucedido? ¿Dónde estoy?» Se preguntó en silencio mientras sus ojos escanearon el palco principal, y entonces, de forma repentina, un chirrido rompió el silencio del piso inferior y una voz masculina causó un eco mortuorio en el Conservatorio.

La fémina se arrodilló en el suelo, llevando una de sus manos cinceladas hacia la cabeza, para controlar el dolor agudo que la atravesaba sin cesar, entonces, rápidamente rememoró los sucesos junto a Charles y su corazón se agitó, ante la expectativa de lo siguiente que podría hacerle en la oscuridad… O como la atraparía junto a él, en su plano astral… «Debo salir de aquí…» Se dijo de forma mental, mientras se levantaba del suelo con dificultad e intentaba llegar hacia el barandal.
-¿Qué crees que estas haciendo?- La voz de Charles resonó desde algún lugar, causando que Ana se paralizara en su posición y tragara el terror que se anudaba en su garganta.

-Me golpeaste… Necesito ayuda…- Susurró apenas en un hilo de voz, entornando sus ojos en cada rincón, hasta que sintió un escalofrío funesto y percibió el aura maligna tras de sí.

-No podrás irte, Ana… No puedes escapar de mi…- Charles chasqueó la lengua contra el paladar, entretanto posaba sus manos en el moño de la mujer y liberaba la hermosa cascada de rizos brunos, que cobijaron los hombros y la espalda de su victima ejemplar. –Sé lo que hay en tus sueños… Te he escuchado hablar mientras duermes…- Anastasia frunció el ceño y giró la cabeza sobre su hombre, para poder encarar al espíritu perverso. –Sé que me estas ocultando a ese otro hombre… Te escuché decirle que lo amabas… Te escuché reír y gemir de placer…- Los ojos de la fémina se abrieron como platos, mientras negaba lentamente con la cabeza e intentar explicar que no recordaba absolutamente nada de eso. -¡Calla! No mas mentiras… Eres una puta como todas las demás… - Charles empujó a la dama contra la pared, entretanto se rascaba la cabeza de forma neurótica y sonreía con una demencia genuina. –Por eso maté a mi esposa y luego me suicidé… Y ahora, es tu turno de perecer…-

-No, Charles… No recuerdo haber soñado con nadie así… Por favor… Solo vi a mi hermano… Lo juro…- Anastasia dejó escapar un sollozo, mientras impactaba de espaldas contra la pared, y luego, haciendo acopio de todas sus fuerzas y recobrando la débil cordura de su cabeza, levantó la mirada hacia el fantasma que la acosaba y le gritó casi de forma histérica. -¡Déjame en paz! ¡Lárgate! ¡Márchate de aquí!-

Sorprendentemente, sus gritos funcionaron y el ente fantasmal desapareció ante sus ojos, sin embargo, aquella técnica no serviría por mucho tiempo y solo avivaría el enfado de Charles, quien aparecería nuevamente para cobrar venganza en pro de sus celos enfermos. «Tengo que salir de aquí… Debo ver a Mae…» Pensó con avidez, despegando su cuerpo de la pared y sorteando los pasillos en la oscuridad. De todas las personas en el fuerte, la anciana Mae –la espiritista más antigua- era la única que conocía el modo de sellar un alma y erradicarla completamente de su vida. Anteriormente, Anastasia había tanteado la posibilidad de visitarla y desterrar a Charles del plano terrestre, sin embargo, cosas extrañas sucedían y jamás lograba llegar al hogar oculto de la anciana. «Charles es demasiado inestable… Demasiado poderoso… Su energía es tangible, incluso para las personas comunes y corrientes…» De hecho, cada vez que Charles aparecía, aunque nadie pudiese verlo, la temperatura de los lugares descendía y causaba que cada vello corporal se pusiera de punta.

Anastasia caminó rápidamente por el pasillo principal, sorteando en la oscuridad los obstáculos bajo sus pies y trastabillando con algunos parales, mesas o sillas fuera de lugar. Finalmente, posó su mano derecha en el barandal de la escalinata de caracol, donde descendió de forma prudente y silenciosa, mientras recordaba los ruidos que había escuchado al despertar. «No estoy sola aquí…» Y en efecto, la fémina pudo percibir un aura poderosa que se movía por el lugar e irradiaba algo extraño que ella no pudo descifrar. «¿Quién podría ser?» Pensó antes de tragar con dificultad y vacilando acerca de la idea de correr hacia la salida principal.

Los pies de la dama se movieron muy lentamente en la oscuridad, entretanto se escurría por la pared e intentaba alcanzar el pomo cobrizo del portón principal. «Dios… Sé que no hablamos muy seguido, pero… Ayúdame a escapar… Necesito llegar al exterior… La luna… Mi visión…» Anastasia sintió como el miedo invadía su corazón, mientras sus dedos se afianzaron en el asidero y lo giraron en sentido de las agujas del reloj. «Vamos… Ábrete…» La dama cerró sus ojos con fuerza y tomó una inspiración profunda, preparándose mentalmente para correr y escapar del peligro que rondaba en el lugar.

Repentinamente, un crujido agudo resonó en la antesala, como una señal inoportuna de la apertura del portón, Anastasia maldijo infinitamente en su interior, apresurándose para abrir las puertas y correr por la senda directa hacia el exterior. Sus piernas se movieron con suma avidez, mientras su corazón bombeaba furioso y su respiración se convirtió en humaradas gélidas bajo su nariz.

La fémina corrió con todas sus fuerzas por la Calle Manhattan y se desvió por la tercera avenida, golpeó algunas puertas de los refugios mortales e imploró desesperadamente por ayuda. Ninguna luz se encendió y nadie abrió sus puertas. El riesgo era demasiado grande, tan solo para salvar a una victima. Anastasia estaba al borde de la locura, con sus mejillas tintadas de escarlata y sus ojos cargados de lágrimas. «¿A dónde puedo ir? Estoy lejos de casa y fuera del rango de los militares…» Entonces, la dama se detuvo en medio de un callejón aledaño entre dos edificios arcaicos y se escondió precipitadamente tras el conteiner de basura. «En mi visión ellos me encontraban… Probablemente me harán cosas espantosas, pero… Volveré a ver a Dastian…» Anastasia cerró los ojos con fuerza, mientras su rostro se deformaba con el dolor de la resignación y la frustración por haber llevado sus armas ese día.

-¡Ana…!- La voz de Charles se escuchó desde el interior del contenedor de basura, seguido por un golpe poderoso contra el metal de la cubierta. –Maldita zorra engreída… ¡Voy a arrancarte la piel a tiras…!-

Anastasia prontamente se levantó de su postura, atragantándose con el temor de la persecución y girándose para emprender una nueva carrera por su vida. Y entonces, cuando se volvió al otro lado del callejón, algo la golpeó fuertemente sobre la cabeza y sus rodillas aterrizaron con todo su peso sobre los adoquines de la callejuela. Su visión se tornó borrosa y voces distorsionadas circundaron su postura. Sin embargo, nítidamente podía escuchar sus risas… Su alegría, por victoria del cazador sobre la presa.

Uno de los depredadores, se acercó a Anastasia y tiró de su cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello ante los malhechores, como si fuese un objeto invaluable presentado en algún museo de la ciudad. «Más risas…» Pensó en medio de la confusión, tratando de posar su borrosa visión en alguno de sus verdugos, mientras uno de ellos acariciaba lentamente la línea de la quijada y descendía por la clavícula de la mujer.

-Es ella… Debemos llevarla ante el jefe… Seguramente deseará tenerla como bocadillo esta misma noche…- Masculló el que parecía comandar a los chupasangres, quienes soltaron algunas peticiones acerca de violarla o probarla antes que “el líder”. Afortunadamente, el comandante ignoró las demandas de los infames persecutores.

Anastasia sintió como el bandido que la sostenía del cabello, la soltó por un breve instante. En conjunto, se encargaron de atar sus manos tras la espalda, mientras otro le colocaba una capucha negra sobre la cabeza y la amordazaban con fuerza. En ese momento, la fémina estaba adolorida, confusa y perdida, sin embargo, tenia la certeza de que Dastian la encontraría, en aquella vida o en otra… «Mi visión… Me asesinarán sin piedad…» Aquel último pensamiento flotó por el baúl extinto de su consciencia, hasta que repentinamente, un golpe seco quebrantó el silencio y las voces de los vampiros, rápidamente se transformaron en gritos desgarradores…

Ella no pudo hacer más, que aguardar por su muerte y el desenlace de la batalla campal...
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Re: El soneto de la muerte [Privado]

Mensaje por Invitado el Jue Oct 25, 2012 6:47 am

'Frecuentemente, invitamos a otra persona a participar inconscientemente de lo que llamamos "salvación", prometemos y juramos, perjuramos, abrazar la vida de un ser amado para siempre, en brazos cálidos y extintos de cualquier temor, de la perdición absoluta. Buscamos la redención, la compañía amena y eterna del amor, y la inexistencia de la soledad, un virus necesario en el conjunto de elementos vitales... más todo esto es falso, no tenemos el don de la seguridad, ni tampoco de la certeza. Creo en el poder de la palabra, y en la herramienta innata llamada libertad, en la fuerza impulsora de la voluntad y en el poder, el poder que nos define como seres humanos, y mediante el cual sometemos a quienes no son dignos de portarlo...'

Qué cruel injusticia la que había vivido, tanto tiempo intentando ser intocable, más fuerte, y a último momento un grupo de vampiros rebeldes le habían dejado más marcas que un tigre. Sumido en la sempiterna oscuridad de su habitación, Dastian reposaba sobre una cama desgastada, cualquier que pusiera atención en ella diría que la había sacado directamente de un basurero. En las contadas ocasiones en las que el hombre lobo dormía sobre la comodidad de una cama, jamás en su vida la había tendido ni arreglado, mucho menos lo haría ahora. Además, aquel edificio estaba abandonado y él solamente ocupaba un lugar, cual mendigo intentando refugiarse del gélido aire de invierno, sin una maldita moneda en el bolsillo y con las zuelas de sus zapatos desgastadas. De tenerlo todo, a no tener nada, esa era la rutina más dolorosa, pero la más común también.

Algunas vendas recubiertas por manchas de sangre reposaban desordenadamente a los pies de una mesa de noche añeja y sucia, olor exquisito al olfato delicado de un vampiro, aunque dudaba mucho que alguno se atreviese a entrar allí: era territorio de perros, y los perros no se llevaban bien con esos jodidos estirados amantes de la sangre.

Los ojos claros de Dastian paseaban por la extensión de su brazo, que a su vez estaba surcado de numerosos arañazos ya cicatrizados. Con su mano libre, pasaba delicadamente la yema de sus dedos por las heridas, manteniendo en todo momento un templante impertérrito que no dejaba mostrar emoción alguna. Su piel lisa, pálida y delicada, del color del marfil, había pasado a ser resistente al frío, dura, adornando unos brazos musculosos que no dejaban escapar la compasión cuando asfixiaban al pobre incauto que caía en ellos. Juntó todos los trozos de vendas y los tiró a un pequeño contenedor de basura que adornaba la habitación, vacío, pues rara vez lo utilizaba. Su delicado olfato le acercó el aroma de la carne asada, algo que había conseguido a último momento y reposaba sobre una mesa cercana a la cama. Estaba famélico de hambre, no había tenido oportunidad de probar bocado alguno y se rehusaba a comer como un lobo ordinario, cazando cualquier trozo de carne crudo, como un primitivo. Así que degustó su comida y en cuestión de minutos devoró todo. Satisfecho, pensó en descansar un rato, pero en lugar de tumbarse sobre la cama echó un vistazo a través de la ventana y divisó el panorama que le ofrecía la misma.

Nadie en las calles, como era habitual en esa zona. En la ciudadela nadie le hablaba, él tampoco mantenía mucha conversación más que la prudente con sus compañeros de equipo, algunos licántropos que por voluntad propia defendían en territorio humano. Ciertamente, ellos no eran muy queridos, considerados anormales y bestias, como los vampiros, aunque se agradecía que estuvieran allí para defender, pero hasta cierto límite y mediante acciones limitadas. En las noches de luna llena la guardia licana bajaba, pero los humanos parecían adoptar mayor cautela, en un estado de alerta eterno. Todo aparentaba tranquilidad, quiso buscar alguna excusa para salir pero no parecía tenerla, así que se recostó sobre las sábanas sucias y arrugadas y puso sus dos manos en su nuca, pero no cerró sus ojos sino que se quedó pensativo, centrando su atención en un punto del techo. La humedad comenzaba a apoderarse de una esquina dibujando una mancha negra.

Revivió en su mente el momento exacto en el cual se separó de su querida Anastasia, el recuerdo le carcomía la consciencia y algunas noches se despertaba sobresaltado, pensando en si ella seguía con vida, y dónde se encontraría en este momento. Siempre había tenido una postura sobreprotectora para con su hermana, a lo mejor había cometido un grave error al no permitirle volar a temprana edad, que conociera los terrores que invadían este mundo y que aprendiera por cuenta propia a protegerse de ellos. Pero también confiaba en su inteligencia, su poderosa habilidad, sus instintos, Anastasia era parte de su sangre, y si él había sobrevivido entonces ella no era menos fuerte. ¿Sabría ella en lo que él se había convertido? Qué tragedia, cuando se enterara de lo que era, seguramente lo odiaría, sentiría repulsión por tener un hermano licántropo. Una bestia... era una bestia. Y entre pensamientos grises Dastian fue cerrando sus ojos, ignorando todo sonido ajeno a su causa, todo aroma extraño y conocido, toda visión alcanzable, simplemente se dejó llevar por el placer de dormir. Pero algo lo alertó...

Los ojos de Dastian se abrieron repentinamente y éste permaneció quieto, escuchando hasta el más mínimo sonido. Alguien corría por las calles y gritaba, alguien que parecía ser una mujer por la voz aguda. Había algo más, algo más se movía pero en las sombras, la luz del día no les permitía avanzar con total libertad. El licántropo se puso de pie tan rápido como le fue posible, y abrió la ventana, dejó que el aire penetrara sus fosas nasales y detectó los olores del ambiente, olfateando con delicadeza, pudo percatarse de que la mujer era humana, y de que los persecutores eran vampiros, los aromas eran demasiado característicos como para equivocarse. Vampiros cazadores en territorio humano, suficiente libertad habían tenido como para llegar hasta estas instancias.

Sin siquiera molestarse por salir de la habitación utilizando la puerta, bajar las escaleras y hacer quién sabe qué cosa más, Dastian fue más práctico y saltó por la ventana, cayó fuertemente sobre la acera y se levantó erguido, tan fiero como un guerrero dispuesto a dejar tras de sí un camino de sangre. Siguió los sonidos, los aromas que le indicaron el camino, sus instintos de lobo, sus habilidades especiales que tan útiles resultaban para el seguimiento. Y entonces divisó la escena que esperaba encontrar, un grupo de neófitos comandados por un vampiro más experimentado, entrado en años ya, pero todos compartiendo esa maldad tan arraigada, esa devoción por pertenecer a una secta diabólica. Todos sumidos en las sombras, la única víctima era la mujer quien se encontraba amordazada y con una capucha sobre su cabeza.

Oigan, ustedes, pedazos de mierda —dijo, autoritario, con una voz gruesa que sonó como el gruñido de un lobo—. Suelten a esa pobre mujer.

¿Tú quién diablos eres? —el comandante de los vampiros tomó la palabra.

El que te pateará el trasero si no dejas ir a la mujer... aunque lo haré de todas formas —contestó Dastian con tranquilidad, aunque el impulso de ferocidad golpeaba sobre su pecho esperando impaciente por salir.

¡Jaja! ¿Tú y quién más? Miren, es un licántropo... ese olor nauseabundo es inconfundible —se mofó el comandante—. Ven a mí, perrito, juguemos un rato.

Suficiente diálogo... —fue lo último que dijo Dastian, al momento ya se había lanzado sobre el grupo de vampiros y luchaba con ferocidad.

No le costó derrotar a los neófitos, sobre todo por la falta de experiencia de los mismos. A uno le arrancó los brazos y a otro lo empujó hacia la luz, por lo que el vampiro ardió en llamas cuando los rayos lumínicos lo alcanzaron. Como consecuencia, se ganó una buena patada en el pecho que lo tiró sobre un contenedor de basura. El comandante tomaba la iniciativa.

Aquello era un gran espectáculo de golpes, alboroto, gritos, objetos rotos y una mujer confundida que yacía a un lado sin saber exactamente lo que pasaba. Una botella rota casi la golpea, pero Dastian saltó a tiempo para detener el objeto punzante y devolverlo al vampiro causante. Aprovechando la clara ventaja de que de día los vampiros eran tan inmunes como los humanos, el licántropo tomó a la indefensa víctima y se la cargó al hombro.

Descuida, estás a salvo conmigo. Te sacaré de aquí —le dijo, y sin siquiera quitarle las sogas que la amarraban o la capucha que le impedía visibilidad pegó un salto directo hacia la luz del día y salió disparado a toda velocidad con la mujer a cuestas.

No podrían seguirlo, se expondrían a ser destruidos bajo su propia estupidez. Por lo tanto, Dastian siguió avanzando hasta alejarse varios metros de la escena donde se había desarrollado la batalla, y cuando se alejó lo suficiente bajó a la mujer y la sentó sobre el suelo. No le quitó la capucha, sino que le ayudó a quitar las sogas que ataban sus manos y parte de su cuerpo, su increíble fuerza física le permitió cortar las amarras con facilidad.

¿Te encuentras bien? —preguntó, se mostraba inseguro de mostrarse tal cual era, y por este motivo no le quitó la capucha.

Aquella damisela vestía de una forma tan elegante, con movimientos refinados y delicados. No vio su rostro, pero su cuerpo de mujer adulta era sensual y definido. Él, por otra parte, parecía un salvaje que caminaba descalzo y coleccionaba ropa sacada de un basurero. Las mejillas de Dastian se encendieron, cuando ella se quitara la capucha vería que el héroe que la rescató no era un príncipe, sino un mendigo.
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